lunes, 3 de noviembre de 2008

Sánchez-Dragó retroeyacula sobre Ana Botella

Publicado en El Mundo & Arriba 1.11.1997

Japón suena como jamón, pero el jamón está prohibido en Japón. Sírvanos el trabalenguas -en seguida se sabrá por qué- para abrir el relato de las peripecias vividas por este reportero en compañía de Ana Botella al hilo de los casi 1.000 kilómetros que separan Tokio y la región de Ise, en el extremo meridional de la isla de Honshu, con parada y fonda en esa ínsula abnegadamente quijotesca a la que los nipones han bautizado con el nombre de pila de Parque España. Supongo que el lector ya lo conoce de oídas. Cosas veredes, amigo Sancho, que te dejarán pasmado y boquiabierto. Esta es una de ellas.

Mi historia empieza el miércoles 29 de octubre a media tarde, sereno, temperatura otoñal, salones de la embajada española en la capital del país que regirá el mundo durante el próximo milenio... Aznar acaba de imponer sendos medallones del mérito civil a unos cuantos japoneses ilustres -el señor Kanamori, presidente del grupo Kintetsu (propietario y motor no precisamente inmóvil de Parque España), entre ellos- y Ana Botella sale disparada hacia el racimo de limusinas negras que con los motores encendidos nos aguardan en el jardín. No hay tiempo que perder. El shinkansen o ferrocarril padre de todos los trenes de alta velocidad que hoy existen en el mundo sale dentro de media hora. Dicho y hecho. Japón funciona como un Mercedes. Quince minutos después estamos todos -representantes de la embajada, gentes de La Moncloa, centuriones de Kintetsu, guardaespaldas, periodistas- muellemente arrellanados en los confortables asientos del convoy. ¡Si Francisco Javier levantase la cabeza!

El tren vuela; el tiempo, también... Las cuatro horas de viaje se nos van en un soplo.

La segunda dama del reino acusa con señorío, garbo y sentido del humor el golpe del jet lag, del desajuste de los biorritmos, de una aventura aérea que en menos de dos días la ha llevado desde Madrid hasta Tokio con parada y fonda en no sé qué extraño país salido del vientre de la extinta Unión Soviética.

Le doy un puñado de cápsulas de melatonina con el consejo de que se tome una esa misma noche, antes de meterse en la cama, y de que le propine otra a su marido cuando al día siguiente vuelva a reunirse con él.

Ana me mira con los ojos muy abiertos -los mismos que, barriendo el entorno de derecha a izquierda (sin olvidar el centro, que es su espacio político), utiliza para escrutar, casi devorar, y asimilar, en la medida de lo posible, las cosas, casos, lances y seres de un país donde todo pasa al revés- y guarda las píldoras en el bolso. Doce horas más tarde, al arrimo del desayuno, me dirá que ha dormido a pierna suelta.

Cena -frágil, ingrávida, inteligente, exquisita, como el país que nos la ofrece- y sobremesa a la española... Esto es: conversación, mucha conversación, y risa, mucha risa, no exenta de reflexiones sagaces y, a veces, afiladas o puntiagudas sobre el insólito mundo que en ese instante nos rodea. Sus rarezas, sus excentricidades, su originalidad no caben, obviamente, en esta crónica. Ana mira y pregunta, pregunta y mira, se sorprende, escucha, responde, averigua, comprueba, reacciona con espontaneidad y sensibilidad a todo (y es mucho) lo que va saliendo al paso de la conversación, de la observación y del viaje.

Yo intento explicarle las quisicosas del país y le pido que presione al presidente, en su intimidad, para que de una vez por todas se decida España a abrir en Tokio o en Kioto una sucursal del Instituto Cervantes. Ella me cuenta historias de sus hijos, de cómo se vive (o se sobrevive) en la jaula de oro de La Moncloa, de sus escapadas al mundo exterior, de sus vacunas y anticuerpos para no caer víctima del síndrome del poder, de sus recuerdos de Valladolid y de la habilidad de su marido para seguir leyendo todos los días un buen rato, pese al atosigamiento de la púrpura, y para no flaquear en la práctica cotidiana de sus deportes favoritos. Consuela y tranquiliza saber que nos gobierna un hombre capaz de jugar al pádel, de leer a Borges y de ir al teatro mientras capea tempestades o lo que se tercie con las zapatillas plantadas en la boca de riego de la pupila del ojo del tifón de la res publica.

Esta mujer, pienso, es un encanto; y las personas de su séquito (Antonio Cámara, Lucía Méndez, Ana Beret de Bugallo, Jorge Moragas e Ignacio Martínez del Barrio), también.

Sorry. Discúlpenme los lectores maliciosos o morbosos. Mis uñas no son tan largas ni tan rojas como las de Carmen Rigalt, Maruja Torres o la Susi del bueno del Mendicutti.

Y, en eso, Ana Botella-mujer al cabo- me pregunta por el modus vivendi de la condición femenina en el seno de una cultura tan supuestamente machista como las malas lenguas dicen que lo es la del Japón. Le explico que los leones nunca suelen ser tan fieros como los pintan y que...

Pero ya se detiene el tren en la estación de Toba, ya nos topamos con otra ristra de sedanes negros, ya se nos llevan en volandas -asunto de 10 minutos- al espléndido hotel de Parque España, en cuyo vestíbulo, adornado por una ringlera de dobles arcos califales idénticos a los de la mezquita de Córdoba, se nos acercan las autoridades de la alcazaba para entregar solemnemente a Ana Botella el bastón de alcaldesa honoraria del Parque y de feliz usuaria, durante unas horas, de cuanto el Parque contiene.

¡Ah! A todo esto, que ya se me olvidaba (pese a ser deuda lo prometido), en otro lugar del portentoso enclave se está celebrando a escondidas, de tapadillo, una ceremonia paralela y, sin posible asomo de duda, aún más cordial, más significativa y más simbólica que la reseñada en el párrafo anterior. A saber: un par de representantes encapuchados de los servicios de furriela de La Moncloa entregan subrepticiamente a los miembros del equipo de españoles que trabaja en el Parque -son alrededor de 80- un jamón de Jabugo entero y verdadero que, gracias a Dios y a los pasaportes diplomáticos, se ha saltado a la torera los severos y sofisticados mecanismos de control de las aduanas japonesas. Lo que se dice un detalle ibérico... Más ibérico, imposible.

Ahí queda eso. Genio y figura. Seguro que los misioneros españoles y portugueses que llegaron a estas tierras en el siglo XVII también llevaban charcutería de matute en sus alforjas. Confiemos en que del jamón, cuando esta crónica se publique, no quede ya ni el hueso, no vaya a ser que los carabineros japoneses, alertados por mi locuacidad, se presenten de sopetón en las dependencias del parque y confisquen el cuerpo de un delito que ninguna conciencia -ni española ni nipona- siente como tal.

Lujo asiático: nunca mejor dicho... El retrete de mi habitación tiene a su diestra un diabólico tablero de mandos electrónicos que, en teoría, sirven para enviar sucesivamente un chorro de jabón líquido, otro de agua tibia y un tercero de aire caliente al ojo del lugar en el que las espaldas pierden su honesto nombre. En teoría, he dicho. En la práctica, ni les cuento. Todos los rótulos del artefacto están escritos en inescrutable idioma japonés.

Sé que no resulta muy correcto, pero me acuso de no haber sabido resistir la tentación de imaginar cómo diantre se las estaría apañando la pobre Ana Botella para salir airosa, e indemne, de tan absurdo, delicado y apurado trance.

Nueve de la mañana. Comienza la veloz visita de un micromundo que quiere ser (y en casi todos los momentos y rincones lo consigue) una exacta, feraz, admirativa, cariñosa, pintoresca y documentadísima réplica de todo lo bueno -sin mezcla de mal alguno- que las Españas contienen. Vale decir: de Altamira a Dalí, de Compostela a Granada, de los Pirineos al Peñón, pasando por los churros y los polvorones, por la paella y el Albariño, por la sardana y el cante jondo, por la Guardia Civil y la Dama de Elche, por el castillo de Javier y el acueducto de Segovia, por la puerta del Cambrón y la estatua de Colón, por el parque Güell y los estanques del Generalife, por el barrio de Santa Cruz y el Galeón de Indias, y naturalmente, last but not least, por todo lo que existía (o no existía, si es que los sueños no existen) en aquel lugar de La Mancha de cuyo nombre los japoneses sí quieren acordarse.

¿Horterada a imagen y semejanza de Disneyworld? En modo alguno. Compatriotas de ponzoñosa y arrogante lengua bífida: no nos pasemos de listos. En Parque España lo de menos son las atracciones de recinto ferial y lo importante, lo que más abunda, lo que se encuentra por doquier, es historia, es gastronomía, es folclor, es música, es pintura y arquitectura, es literatura... Es cultura, vaya, ¡por fin lo he dicho!, y cultura de la mejor ley, de muchos quilates, de altos vuelos, no de cartón piedra ni de tente mientras cobro. Amor y pedagogía, pedagogía y amor.

Lo que los japoneses han hecho -por nosotros- allí, en el corazón de un paisaje de rías y de bosques cuya belleza ensancha el alma y tranquiliza el ánimo, no tiene desperdicio ni precio. Seamos pues, en justa correspondencia, y como mínimo, generosos en monedas de gratitud, valorémoslo, reconozcámoslo. Diez millones de japoneses, en sólo tres años, ya lo han hecho.

Ana Botella, después de plantar un olivo que seguirá allí -si arraiga- durante muchas centurias, recorre a fondo, con discreción, con atención, con admiración y con ternura, todos y cada uno de los lugares de ese jardín nipón de las delicias hispánicas.

Imposible mencionar aquí los lances y las anécdotas, los besos y el estrechar de manos, los encuentros, las amistades y las emociones vividas a lo largo de una jornada que no será fácil, para ella, y para quienes la hemos acompañado, olvidar.

Su infatigable esposo, que a todo esto, mientras Ana se metía en el bolsillo a medio Japón, andaba el hombre por Tokio, a la fuerza ahorcan, desayunando, almorzando, cenando y negociando a mayor gloria de la patria con aburridísimos banqueros, empresarios, ministros y magnates de toda índole, no sabe lo que se ha perdido.

O sí lo sabe, porque es de suponer que a estas alturas, entre bache y bache del achacoso avión que lo devuelve a España, y entre pildorazo y pildorazo de melatonina leal y generosamente suministrada por este humilde proveedor, su mujer ya se lo habrá contado.